Aline y su esposo llegaron a Budapest el lunes, 6 de abril. Apenas ubicaron el hotel Ritz y allí decidieron alojarse. Eso fue dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Aline salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola - solía ser rápida y curiosa - anduvo por muchas partes buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una tienda a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro, andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, que engancha y hostiga. Sentía como la pollera se le pegaba a los muslos no estaba bien abrigada y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Aline estuvo junto a ella repitiendo gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin, estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando los pilares.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Al abrir los ojos vio que se habían separado. Entonces gritó, de frío, puesto que la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos…
CORTÁZAR, Julio, Bestiario, Grupo Santillana de Ediciones, Buenos Aires, 2006, pp. 49-50.
En el centro del puente Aline: