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Texto para lo ítem.
Hantavirus
Clásicamente, la infección por Hantavirus ha sido descrita como un cuadro febril al que se asocian alteraciones renales y fenómenos hemorrágicos. Aunque el conocimiento científico de estos cuadros clínicos es relativamente reciente, existen algunas referencias previas que sugieren que estas enfermedades no son realmente nuevas, sino que han acompañado al hombre a lo largo de la historia.
Las primeras referencias históricas que relacionan fiebres hemorrágicas y alteraciones renales aparecen en un antiquísimo texto de medicina chino que data de hace más de mil años (Whang Jae Kyung, año 960). En la guerra civil americana, se describieron aproximadamente 14.000 casos de una extraña enfermedad conocida como “nefritis de guerra”, enfermedad que por sus características podría tener relación con estos virus. Ya en nuestro siglo, durante la I Guerra Mundial, varios miles de soldados ingleses estacionados en Flandes presentaron una enfermedad de manifestaciones clínicas compatibles con la nefropatía epidémica (NE), una entidad causada por Hantavirus y descrita posteriormente en los países escandinavos. Posteriormente, en la II Guerra Mundial, se detectaron cerca de 16.000 casos de fiebre hemorrágica epidémica (FHE) entre las tropas alemanas estacionadas en Laplands (Finlandia) y en Yugoslavia. Todas estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, aunque, evidentemente, no han podido ser verificadas, bien pudieran responder a la misma etiología.
Al margen de estos posibles antecedentes históricos, las primeras descripciones clínicas en las que se basa su conocimiento actual se deben a las observaciones realizadas por médicos soviéticos y japoneses entre los años 1930 y 1940. En 1932 se detectó en la cuenca baja del río Amur (un territorio de la antigua U.R.S.S. en la frontera con Manchuria) una enfermedad renal no conocida previamente. Poco tiempo después, la armada japonesa, estacionada en Manchuria, contabilizó alrededor de 12.000 casos de esta misma enfermedad entre un contingente de tropas de más de un millón de soldados. Investigadores de ambos países, soviéticos y japoneses, estudiaron esta entidad, concluyendo, simultáneamente y de forma independiente, que se trataba de una patología infecciosa de origen probablemente vírico. Durante estas investigaciones, tanto soviéticos (1939-1940) como japoneses (1936-1945) lograron provocar la aparición de enfermedad en voluntarios humanos, mediante inyecciones intravenosas e intramusculares de sangre y orina obtenidas de pacientes. A pesar de los resultados conseguidos en voluntarios humanos, no se consiguió reproducir inicialmente la enfermedad en animales de experimentación.
Pocos años después, durante la guerra de Corea (1951-54), más de 3.000 soldados de las Naciones Unidas se vieron afectados por un cuadro febril hemorrágico que evolucionaba rápidamente, con inestabilidad cardiovascular, shock y fracaso renal agudo. La aparición de esta nueva y rara enfermedad, y su gran severidad, ya que presentaba una mortalidad muy elevada (cercana al 10%), despertó el interés de la comunidad científica internacional. Para profundizar en el conocimiento de esta nueva entidad, denominada fiebre hemorrágica de Corea, se intentaron desarrollar modelos experimentales y, tratando de aislar el agente responsable, se ensayó su cultivo en diversas líneas celulares. Estos estudios, aunque más exhaustivos que los realizados previamente por rusos y japoneses, resultaron igualmente infructuosos. Tras el cese de las hostilidades, la enfermedad se detectó en las tropas coreanas que vigilaban la antigua zona de combate y en los granjeros, que, tras haber sido evacuados, regresaron a la misma. Posteriormente, se observaron casos clínicos similares en áreas urbanas localizadas al sur de la región donde se describió inicialmente la enfermedad.
Maria Beltrán Dubón et al. Hantavirus. Madrid, Universidad de Alcalá. Departamento de Microbiología y Parasitología (adaptado).
Con respecto a las estructuras e ideas del texto, juzgue lo siguiente ítem.
El trecho “Todas estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, aunque, evidentemente, no han podido ser verificadas, bien pudieran responder a la misma etiología” podría, sin comprometer el contenido lógico del texto, ser sustituido por el siguiente periodo oracional: Tras las verificaciones correspondientes, concluimos que estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, no tienen el mismo origen.
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Texto para lo ítem.
Hantavirus
Clásicamente, la infección por Hantavirus ha sido descrita como un cuadro febril al que se asocian alteraciones renales y fenómenos hemorrágicos. Aunque el conocimiento científico de estos cuadros clínicos es relativamente reciente, existen algunas referencias previas que sugieren que estas enfermedades no son realmente nuevas, sino que han acompañado al hombre a lo largo de la historia.
Las primeras referencias históricas que relacionan fiebres hemorrágicas y alteraciones renales aparecen en un antiquísimo texto de medicina chino que data de hace más de mil años (Whang Jae Kyung, año 960). En la guerra civil americana, se describieron aproximadamente 14.000 casos de una extraña enfermedad conocida como “nefritis de guerra”, enfermedad que por sus características podría tener relación con estos virus. Ya en nuestro siglo, durante la I Guerra Mundial, varios miles de soldados ingleses estacionados en Flandes presentaron una enfermedad de manifestaciones clínicas compatibles con la nefropatía epidémica (NE), una entidad causada por Hantavirus y descrita posteriormente en los países escandinavos. Posteriormente, en la II Guerra Mundial, se detectaron cerca de 16.000 casos de fiebre hemorrágica epidémica (FHE) entre las tropas alemanas estacionadas en Laplands (Finlandia) y en Yugoslavia. Todas estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, aunque, evidentemente, no han podido ser verificadas, bien pudieran responder a la misma etiología.
Al margen de estos posibles antecedentes históricos, las primeras descripciones clínicas en las que se basa su conocimiento actual se deben a las observaciones realizadas por médicos soviéticos y japoneses entre los años 1930 y 1940. En 1932 se detectó en la cuenca baja del río Amur (un territorio de la antigua U.R.S.S. en la frontera con Manchuria) una enfermedad renal no conocida previamente. Poco tiempo después, la armada japonesa, estacionada en Manchuria, contabilizó alrededor de 12.000 casos de esta misma enfermedad entre un contingente de tropas de más de un millón de soldados. Investigadores de ambos países, soviéticos y japoneses, estudiaron esta entidad, concluyendo, simultáneamente y de forma independiente, que se trataba de una patología infecciosa de origen probablemente vírico. Durante estas investigaciones, tanto soviéticos (1939-1940) como japoneses (1936-1945) lograron provocar la aparición de enfermedad en voluntarios humanos, mediante inyecciones intravenosas e intramusculares de sangre y orina obtenidas de pacientes. A pesar de los resultados conseguidos en voluntarios humanos, no se consiguió reproducir inicialmente la enfermedad en animales de experimentación.
Pocos años después, durante la guerra de Corea (1951-54), más de 3.000 soldados de las Naciones Unidas se vieron afectados por un cuadro febril hemorrágico que evolucionaba rápidamente, con inestabilidad cardiovascular, shock y fracaso renal agudo. La aparición de esta nueva y rara enfermedad, y su gran severidad, ya que presentaba una mortalidad muy elevada (cercana al 10%), despertó el interés de la comunidad científica internacional. Para profundizar en el conocimiento de esta nueva entidad, denominada fiebre hemorrágica de Corea, se intentaron desarrollar modelos experimentales y, tratando de aislar el agente responsable, se ensayó su cultivo en diversas líneas celulares. Estos estudios, aunque más exhaustivos que los realizados previamente por rusos y japoneses, resultaron igualmente infructuosos. Tras el cese de las hostilidades, la enfermedad se detectó en las tropas coreanas que vigilaban la antigua zona de combate y en los granjeros, que, tras haber sido evacuados, regresaron a la misma. Posteriormente, se observaron casos clínicos similares en áreas urbanas localizadas al sur de la región donde se describió inicialmente la enfermedad.
Maria Beltrán Dubón et al. Hantavirus. Madrid, Universidad de Alcalá. Departamento de Microbiología y Parasitología (adaptado).
Con respecto a las estructuras e ideas del texto, juzgue lo siguiente ítem.
En la expresión “fiebre hemorrágica epidémica”, el término subrayado especifica el tipo de fiebre hemorrágica tratada en el texto.
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Texto para lo ítem.
Hantavirus
Clásicamente, la infección por Hantavirus ha sido descrita como un cuadro febril al que se asocian alteraciones renales y fenómenos hemorrágicos. Aunque el conocimiento científico de estos cuadros clínicos es relativamente reciente, existen algunas referencias previas que sugieren que estas enfermedades no son realmente nuevas, sino que han acompañado al hombre a lo largo de la historia.
Las primeras referencias históricas que relacionan fiebres hemorrágicas y alteraciones renales aparecen en un antiquísimo texto de medicina chino que data de hace más de mil años (Whang Jae Kyung, año 960). En la guerra civil americana, se describieron aproximadamente 14.000 casos de una extraña enfermedad conocida como “nefritis de guerra”, enfermedad que por sus características podría tener relación con estos virus. Ya en nuestro siglo, durante la I Guerra Mundial, varios miles de soldados ingleses estacionados en Flandes presentaron una enfermedad de manifestaciones clínicas compatibles con la nefropatía epidémica (NE), una entidad causada por Hantavirus y descrita posteriormente en los países escandinavos. Posteriormente, en la II Guerra Mundial, se detectaron cerca de 16.000 casos de fiebre hemorrágica epidémica (FHE) entre las tropas alemanas estacionadas en Laplands (Finlandia) y en Yugoslavia. Todas estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, aunque, evidentemente, no han podido ser verificadas, bien pudieran responder a la misma etiología.
Al margen de estos posibles antecedentes históricos, las primeras descripciones clínicas en las que se basa su conocimiento actual se deben a las observaciones realizadas por médicos soviéticos y japoneses entre los años 1930 y 1940. En 1932 se detectó en la cuenca baja del río Amur (un territorio de la antigua U.R.S.S. en la frontera con Manchuria) una enfermedad renal no conocida previamente. Poco tiempo después, la armada japonesa, estacionada en Manchuria, contabilizó alrededor de 12.000 casos de esta misma enfermedad entre un contingente de tropas de más de un millón de soldados. Investigadores de ambos países, soviéticos y japoneses, estudiaron esta entidad, concluyendo, simultáneamente y de forma independiente, que se trataba de una patología infecciosa de origen probablemente vírico. Durante estas investigaciones, tanto soviéticos (1939-1940) como japoneses (1936-1945) lograron provocar la aparición de enfermedad en voluntarios humanos, mediante inyecciones intravenosas e intramusculares de sangre y orina obtenidas de pacientes. A pesar de los resultados conseguidos en voluntarios humanos, no se consiguió reproducir inicialmente la enfermedad en animales de experimentación.
Pocos años después, durante la guerra de Corea (1951-54), más de 3.000 soldados de las Naciones Unidas se vieron afectados por un cuadro febril hemorrágico que evolucionaba rápidamente, con inestabilidad cardiovascular, shock y fracaso renal agudo. La aparición de esta nueva y rara enfermedad, y su gran severidad, ya que presentaba una mortalidad muy elevada (cercana al 10%), despertó el interés de la comunidad científica internacional. Para profundizar en el conocimiento de esta nueva entidad, denominada fiebre hemorrágica de Corea, se intentaron desarrollar modelos experimentales y, tratando de aislar el agente responsable, se ensayó su cultivo en diversas líneas celulares. Estos estudios, aunque más exhaustivos que los realizados previamente por rusos y japoneses, resultaron igualmente infructuosos. Tras el cese de las hostilidades, la enfermedad se detectó en las tropas coreanas que vigilaban la antigua zona de combate y en los granjeros, que, tras haber sido evacuados, regresaron a la misma. Posteriormente, se observaron casos clínicos similares en áreas urbanas localizadas al sur de la región donde se describió inicialmente la enfermedad.
Maria Beltrán Dubón et al. Hantavirus. Madrid, Universidad de Alcalá. Departamento de Microbiología y Parasitología (adaptado).
Con respecto a las estructuras e ideas del texto, juzgue lo siguiente ítem.
“antiquísimo” es el superlativo del adjetivo antiguo.
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Hantavirus
Clásicamente, la infección por Hantavirus ha sido descrita como un cuadro febril al que se asocian alteraciones renales y fenómenos hemorrágicos. Aunque el conocimiento científico de estos cuadros clínicos es relativamente reciente, existen algunas referencias previas que sugieren que estas enfermedades no son realmente nuevas, sino que han acompañado al hombre a lo largo de la historia.
Las primeras referencias históricas que relacionan fiebres hemorrágicas y alteraciones renales aparecen en un antiquísimo texto de medicina chino que data de hace más de mil años (Whang Jae Kyung, año 960). En la guerra civil americana, se describieron aproximadamente 14.000 casos de una extraña enfermedad conocida como “nefritis de guerra”, enfermedad que por sus características podría tener relación con estos virus. Ya en nuestro siglo, durante la I Guerra Mundial, varios miles de soldados ingleses estacionados en Flandes presentaron una enfermedad de manifestaciones clínicas compatibles con la nefropatía epidémica (NE), una entidad causada por Hantavirus y descrita posteriormente en los países escandinavos. Posteriormente, en la II Guerra Mundial, se detectaron cerca de 16.000 casos de fiebre hemorrágica epidémica (FHE) entre las tropas alemanas estacionadas en Laplands (Finlandia) y en Yugoslavia. Todas estas situaciones, similares a las causadas por Hantavirus, aunque, evidentemente, no han podido ser verificadas, bien pudieran responder a la misma etiología.
Al margen de estos posibles antecedentes históricos, las primeras descripciones clínicas en las que se basa su conocimiento actual se deben a las observaciones realizadas por médicos soviéticos y japoneses entre los años 1930 y 1940. En 1932 se detectó en la cuenca baja del río Amur (un territorio de la antigua U.R.S.S. en la frontera con Manchuria) una enfermedad renal no conocida previamente. Poco tiempo después, la armada japonesa, estacionada en Manchuria, contabilizó alrededor de 12.000 casos de esta misma enfermedad entre un contingente de tropas de más de un millón de soldados. Investigadores de ambos países, soviéticos y japoneses, estudiaron esta entidad, concluyendo, simultáneamente y de forma independiente, que se trataba de una patología infecciosa de origen probablemente vírico. Durante estas investigaciones, tanto soviéticos (1939-1940) como japoneses (1936-1945) lograron provocar la aparición de enfermedad en voluntarios humanos, mediante inyecciones intravenosas e intramusculares de sangre y orina obtenidas de pacientes. A pesar de los resultados conseguidos en voluntarios humanos, no se consiguió reproducir inicialmente la enfermedad en animales de experimentación.
Pocos años después, durante la guerra de Corea (1951-54), más de 3.000 soldados de las Naciones Unidas se vieron afectados por un cuadro febril hemorrágico que evolucionaba rápidamente, con inestabilidad cardiovascular, shock y fracaso renal agudo. La aparición de esta nueva y rara enfermedad, y su gran severidad, ya que presentaba una mortalidad muy elevada (cercana al 10%), despertó el interés de la comunidad científica internacional. Para profundizar en el conocimiento de esta nueva entidad, denominada fiebre hemorrágica de Corea, se intentaron desarrollar modelos experimentales y, tratando de aislar el agente responsable, se ensayó su cultivo en diversas líneas celulares. Estos estudios, aunque más exhaustivos que los realizados previamente por rusos y japoneses, resultaron igualmente infructuosos. Tras el cese de las hostilidades, la enfermedad se detectó en las tropas coreanas que vigilaban la antigua zona de combate y en los granjeros, que, tras haber sido evacuados, regresaron a la misma. Posteriormente, se observaron casos clínicos similares en áreas urbanas localizadas al sur de la región donde se describió inicialmente la enfermedad.
Maria Beltrán Dubón et al. Hantavirus. Madrid, Universidad de Alcalá. Departamento de Microbiología y Parasitología (adaptado).
Con respecto a las estructuras e ideas del texto, juzgue lo siguiente ítem.
La oración “Clásicamente, la infección por Hantavirus ha sido descrita como un cuadro febril” es una oración de tipo pasivo.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
A possible caption for the picture included in the text can be: I bet you’ve never heard anything about genetically modified crops.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
In Britain, GM foods were completely banned thanks to a tight-lipped campaign by consumers.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
People are perfectly aware of the kind of altered food they are due to buy.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
Basic staples have long been tested for ever-lasting safety.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
Even strictly organic vegetarians have already swallowed a lot of ordinary GM food.
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Genetically engineered food is in every meal we eat. Unless you’re strictly organic vegetarian, you have already ingested vast quantities of ordinary staples (soya, potatoes, fruits and vegetables) juiced up with assorted viruses, bacteria and other toxins that have never been tested for long-term safety.
True, you’re not actually chewing down on scorpions when some of their genetic material has cleverly been introduced into a vegetable. But wouldn’t you like tohave a choice?
When you peer at the fine print while trying to shop conscientiously, wouldn’t you appreciate knowing that the No fat! condiment you’re about to buy is loaded with extra sugar? Right now, the label doesn’t have to breathe a word about any of the less desirable elements lurking in the food.
What a contrast to Britain, where a sizzling campaign by consumers has forced major grocery chains and packagers to renounce genetically modified (GM) foods entirely.
Diana Bateman. Ideas and Issues – Advanced. Ernst Klett Sprachen, Stuttgart, 2003 (with adapations).
Based on the text above, judge the following item.
“Unless” means except if.
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