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1146689 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

La intención global del texto es describir una situación y tomar una posición en relación a ella.

 

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1146688 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Es correcto afirmar que el texto hace referencia a cinco profesiones relacionadas con la producción y comercialización de filmes doblados.

 

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1146687 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Es correcto inferir del texto que los intereses comerciales son una de las causas del uso de anglicismos.

 

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1137923 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Según el texto, la versión definitiva del doblaje de una película cinematográfica no es responsabilidad del traductor.

 

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Questão presente nas seguintes provas
1137611 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Es correcto decir que el título del texto contiene un anglicismo.

 

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Questão presente nas seguintes provas
1134314 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Expresiones como “coño” o “cojones” son malsonantes, y hay que evitarlas a toda costa en las buenas traducciones.

 

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1134312 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Según el texto, los traductores siempre velaron por mantener la pureza de la lengua en sus traducciones, no dejando que penetren extranjerismos.

 

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Questão presente nas seguintes provas
1134311 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

La expresión “¿Dónde coño has estado?” es una expresión castiza de la lengua española.

 

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1134310 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Según el texto, los anglicismos se usan con menor incidencia en el lenguaje vulgar.

 

Provas

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1134294 Ano: 2009
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UNIPAMPA

¿Pero qué demonios dice aquí?

La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha

marcado una de las fases más importantes de la historia de las

comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a

constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información

y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían

(y provienen) de los EE.UU., la traducción surgió como um

intermediario indispensable entre los distintos países, entre las

diversas culturas.

Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de

unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un

infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones

artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos

bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes

realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en

una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso

de ¡Déjame sólo! (Leave me alone), cuando en nuestro idioma

siempre se había dicho ¡Déjame en paz!.

Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,

pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,

e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha

asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin

precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han

traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los

medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos

hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos.

Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido

en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos,

pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no

utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o

malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo

regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que

había salido a tomar un helado a las siete de la tarde.

Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos.

Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos ¿Dónde demonios

has estado? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos

¡Diablos! al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo

permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo.

Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se

suceden día tras día en nuestro televisor.

Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores

asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son

cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y

rechazan la cómoda excusa de es que la gente ya está

acostumbrada a oírlo. Estos traductores, en un contexto como el

expuesto en el primer ejemplo, sustituirían demonios por los

castizos coño o cojones, que resultarían más pertinentes. Del

mismo modo, en el segundo caso dirían ¡mierda! o ¡ay!, pero

nunca ¡diablos!. Creo que estamos de acuerdo en que las

expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo

casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien

tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el

contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble,

seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son

tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.

No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas

traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas

por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las

fórmulas absurdas del tipo ¡diablos! o ¡recórcholis! (en serio,

esto lo he oído en alguna película). A los directores de

marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su

producto y consideran que la receta más prometedora es la que

conjuga tradicionalismo y puritanismo.

Internet: <=traduccion.rediris.es (con adaptaciones)

En relación al contenido y a la forma del texto, juzgue los ítems siguientes.

Según el texto, muchos anglicismos introducidos por los medios de comunicación no son utilizados por los hablantes en la comunicación del día a día.

 

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