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Lea el siguiente texto y responda la cuestione.
La coeducación se ha ido abriendo paso durante los últimos años dentro del sistema educativo español a partir de diversas experiencias que han ido cuestionando los planteamientos tradicionales de un modelo educativo que confundía la igualdad de acceso a la educación con la educación para la igualdad de oportunidades.
Estas experiencias se han encargado de desmentir esta idea y han detectado ámbitos del proceso educativo y de sus resultados en los que se pone de manifiesto que esa supuesta igualdad no resulta ser tal y que, hoy en día, en la escuela todavía perduran elementos que reproducen y perpetúan el sexismo y las diferencias entre los futuros hombres y mujeres que formarán nuestra sociedad. Los nuevos retos a los que se enfrenta el sistema educativo: la interculturalidad, el respeto al medio ambiente, la normalización del uso de idioma extranjero, la necesidad de aportar resultados, etc., han podido desviar la atención sobre la igualdad de oportunidades en la educación y, en ocasiones, se ha podido llegar a pensar que la batalla por la igualdad entre hombres y mujeres estaba ganada. Sin embargo, un análisis detallado de la situación actual demuestra que todavía queda mucho más por hacer para garantizar la igualdad de oportunidades en la educación de los niños y las niñas.
Aunque el término o concepto coeducación se utiliza para referirse a la educación conjunta de dos o más colectivos o grupos netamente distintos, que lo pueden ser por cuestión de etnia, clase social, etc., su uso habitual hace referencia a la educación conjunta de hombres y mujeres. Por tanto, se trata de una propuesta pedagógica en la que la formación y la educación se imparten en condiciones de igualdad para ambos sexos y en la que no se pone límites a los aprendizajes a recibir por cada uno de ellos.
(https://www.inmujeres.gob.es/observatorios/ observIgualdad/estudiosInformes/docs/009-guia.pdf)
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La coeducación se ha ido abriendo paso durante los últimos años dentro del sistema educativo español a partir de diversas experiencias que han ido cuestionando los planteamientos tradicionales de un modelo educativo que confundía la igualdad de acceso a la educación con la educación para la igualdad de oportunidades.
Estas experiencias se han encargado de desmentir esta idea y han detectado ámbitos del proceso educativo y de sus resultados en los que se pone de manifiesto que esa supuesta igualdad no resulta ser tal y que, hoy en día, en la escuela todavía perduran elementos que reproducen y perpetúan el sexismo y las diferencias entre los futuros hombres y mujeres que formarán nuestra sociedad. Los nuevos retos a los que se enfrenta el sistema educativo: la interculturalidad, el respeto al medio ambiente, la normalización del uso de idioma extranjero, la necesidad de aportar resultados, etc., han podido desviar la atención sobre la igualdad de oportunidades en la educación y, en ocasiones, se ha podido llegar a pensar que la batalla por la igualdad entre hombres y mujeres estaba ganada. Sin embargo, un análisis detallado de la situación actual demuestra que todavía queda mucho más por hacer para garantizar la igualdad de oportunidades en la educación de los niños y las niñas.
Aunque el término o concepto coeducación se utiliza para referirse a la educación conjunta de dos o más colectivos o grupos netamente distintos, que lo pueden ser por cuestión de etnia, clase social, etc., su uso habitual hace referencia a la educación conjunta de hombres y mujeres. Por tanto, se trata de una propuesta pedagógica en la que la formación y la educación se imparten en condiciones de igualdad para ambos sexos y en la que no se pone límites a los aprendizajes a recibir por cada uno de ellos.
(https://www.inmujeres.gob.es/observatorios/ observIgualdad/estudiosInformes/docs/009-guia.pdf)
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Lea la siguiente reseña para responder la cuestione.
“La memoria vegetal” es el concepto que acuñó Umberto Eco respecto de esa porción, podría decirse material, de la memoria cifrada en los libros, cuyo hábitat natural son las bibliotecas, tanto las públicas como las personales. Según Eco, la cuestión de la memoria, que tantos interrogantes plantea en esta era de virtualidades y nubes, fue adelantada por Isaac Asimov en su relato futurista “La sensación de poder”, en el que un fallo general informático obliga a recurrir a la única persona en el mundo que aún es capaz de hacer operaciones matemáticas “de cabeza”. El documental Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022), que estrenó en España el Atlántida Film Fest y que ahora puede verse en Filmin, tiene como asunto central ese vínculo entre literatura y memoria, que toma cuerpo en las estanterías de su famosa colección.
No se dice en el documental, pero es sabido que Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos 30000 volúmenes y pico. Más que la acumulación, su pasión era la infinidad de posibilidades de conocer lo que no conocía. Esa ignorancia que crece conforme leemos, como buen amante de la paradoja, fascinaba al enorme pensador, narrador y creador de una suerte de antibiblioteca o bien, como él mismo la definía, una “biblioteca semiológica, curiosa, lunática, mágica y neumática”. Eco defendía que las bibliotecas debían estar vivas, no solo porque uno las recorra y las repiense como él hacía, sino porque sean compartidas (como él hacía); cuestión que, a su juicio, diferencia a un bibliómano de un bibliófilo. Él, por descontado, se halló siempre en esa segunda categoría, y de ahí que en este documental admita que “sentimentalmente, el libro es insustituible” en su versión impresa frente a la electrónica o la memoria de silicio, que tiende cada vez a ser menos necesaria. Al creer que hemos conquistado una memoria inmensa, la hemos perdido por su inabarcabilidad, concluye, apelando a una imprescindible tarea de filtrado con su habitual lucidez: “Este mundo está sobrecargado de mensajes que no dicen nada”. Pero la literatura es otra cosa.
(https://www.revistamercurio.es. Adaptado)
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“La memoria vegetal” es el concepto que acuñó Umberto Eco respecto de esa porción, podría decirse material, de la memoria cifrada en los libros, cuyo hábitat natural son las bibliotecas, tanto las públicas como las personales. Según Eco, la cuestión de la memoria, que tantos interrogantes plantea en esta era de virtualidades y nubes, fue adelantada por Isaac Asimov en su relato futurista “La sensación de poder”, en el que un fallo general informático obliga a recurrir a la única persona en el mundo que aún es capaz de hacer operaciones matemáticas “de cabeza”. El documental Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022), que estrenó en España el Atlántida Film Fest y que ahora puede verse en Filmin, tiene como asunto central ese vínculo entre literatura y memoria, que toma cuerpo en las estanterías de su famosa colección.
No se dice en el documental, pero es sabido que Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos 30000 volúmenes y pico. Más que la acumulación, su pasión era la infinidad de posibilidades de conocer lo que no conocía. Esa ignorancia que crece conforme leemos, como buen amante de la paradoja, fascinaba al enorme pensador, narrador y creador de una suerte de antibiblioteca o bien, como él mismo la definía, una “biblioteca semiológica, curiosa, lunática, mágica y neumática”. Eco defendía que las bibliotecas debían estar vivas, no solo porque uno las recorra y las repiense como él hacía, sino porque sean compartidas (como él hacía); cuestión que, a su juicio, diferencia a un bibliómano de un bibliófilo. Él, por descontado, se halló siempre en esa segunda categoría, y de ahí que en este documental admita que “sentimentalmente, el libro es insustituible” en su versión impresa frente a la electrónica o la memoria de silicio, que tiende cada vez a ser menos necesaria. Al creer que hemos conquistado una memoria inmensa, la hemos perdido por su inabarcabilidad, concluye, apelando a una imprescindible tarea de filtrado con su habitual lucidez: “Este mundo está sobrecargado de mensajes que no dicen nada”. Pero la literatura es otra cosa.
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“La memoria vegetal” es el concepto que acuñó Umberto Eco respecto de esa porción, podría decirse material, de la memoria cifrada en los libros, cuyo hábitat natural son las bibliotecas, tanto las públicas como las personales. Según Eco, la cuestión de la memoria, que tantos interrogantes plantea en esta era de virtualidades y nubes, fue adelantada por Isaac Asimov en su relato futurista “La sensación de poder”, en el que un fallo general informático obliga a recurrir a la única persona en el mundo que aún es capaz de hacer operaciones matemáticas “de cabeza”. El documental Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022), que estrenó en España el Atlántida Film Fest y que ahora puede verse en Filmin, tiene como asunto central ese vínculo entre literatura y memoria, que toma cuerpo en las estanterías de su famosa colección.
No se dice en el documental, pero es sabido que Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos 30000 volúmenes y pico. Más que la acumulación, su pasión era la infinidad de posibilidades de conocer lo que no conocía. Esa ignorancia que crece conforme leemos, como buen amante de la paradoja, fascinaba al enorme pensador, narrador y creador de una suerte de antibiblioteca o bien, como él mismo la definía, una “biblioteca semiológica, curiosa, lunática, mágica y neumática”. Eco defendía que las bibliotecas debían estar vivas, no solo porque uno las recorra y las repiense como él hacía, sino porque sean compartidas (como él hacía); cuestión que, a su juicio, diferencia a un bibliómano de un bibliófilo. Él, por descontado, se halló siempre en esa segunda categoría, y de ahí que en este documental admita que “sentimentalmente, el libro es insustituible” en su versión impresa frente a la electrónica o la memoria de silicio, que tiende cada vez a ser menos necesaria. Al creer que hemos conquistado una memoria inmensa, la hemos perdido por su inabarcabilidad, concluye, apelando a una imprescindible tarea de filtrado con su habitual lucidez: “Este mundo está sobrecargado de mensajes que no dicen nada”. Pero la literatura es otra cosa.
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“La memoria vegetal” es el concepto que acuñó Umberto Eco respecto de esa porción, podría decirse material, de la memoria cifrada en los libros, cuyo hábitat natural son las bibliotecas, tanto las públicas como las personales. Según Eco, la cuestión de la memoria, que tantos interrogantes plantea en esta era de virtualidades y nubes, fue adelantada por Isaac Asimov en su relato futurista “La sensación de poder”, en el que un fallo general informático obliga a recurrir a la única persona en el mundo que aún es capaz de hacer operaciones matemáticas “de cabeza”. El documental Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022), que estrenó en España el Atlántida Film Fest y que ahora puede verse en Filmin, tiene como asunto central ese vínculo entre literatura y memoria, que toma cuerpo en las estanterías de su famosa colección.
No se dice en el documental, pero es sabido que Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos 30000 volúmenes y pico. Más que la acumulación, su pasión era la infinidad de posibilidades de conocer lo que no conocía. Esa ignorancia que crece conforme leemos, como buen amante de la paradoja, fascinaba al enorme pensador, narrador y creador de una suerte de antibiblioteca o bien, como él mismo la definía, una “biblioteca semiológica, curiosa, lunática, mágica y neumática”. Eco defendía que las bibliotecas debían estar vivas, no solo porque uno las recorra y las repiense como él hacía, sino porque sean compartidas (como él hacía); cuestión que, a su juicio, diferencia a un bibliómano de un bibliófilo. Él, por descontado, se halló siempre en esa segunda categoría, y de ahí que en este documental admita que “sentimentalmente, el libro es insustituible” en su versión impresa frente a la electrónica o la memoria de silicio, que tiende cada vez a ser menos necesaria. Al creer que hemos conquistado una memoria inmensa, la hemos perdido por su inabarcabilidad, concluye, apelando a una imprescindible tarea de filtrado con su habitual lucidez: “Este mundo está sobrecargado de mensajes que no dicen nada”. Pero la literatura es otra cosa.
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“La memoria vegetal” es el concepto que acuñó Umberto Eco respecto de esa porción, podría decirse material, de la memoria cifrada en los libros, cuyo hábitat natural son las bibliotecas, tanto las públicas como las personales. Según Eco, la cuestión de la memoria, que tantos interrogantes plantea en esta era de virtualidades y nubes, fue adelantada por Isaac Asimov en su relato futurista “La sensación de poder”, en el que un fallo general informático obliga a recurrir a la única persona en el mundo que aún es capaz de hacer operaciones matemáticas “de cabeza”. El documental Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022), que estrenó en España el Atlántida Film Fest y que ahora puede verse en Filmin, tiene como asunto central ese vínculo entre literatura y memoria, que toma cuerpo en las estanterías de su famosa colección.
No se dice en el documental, pero es sabido que Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos 30000 volúmenes y pico. Más que la acumulación, su pasión era la infinidad de posibilidades de conocer lo que no conocía. Esa ignorancia que crece conforme leemos, como buen amante de la paradoja, fascinaba al enorme pensador, narrador y creador de una suerte de antibiblioteca o bien, como él mismo la definía, una “biblioteca semiológica, curiosa, lunática, mágica y neumática”. Eco defendía que las bibliotecas debían estar vivas, no solo porque uno las recorra y las repiense como él hacía, sino porque sean compartidas (como él hacía); cuestión que, a su juicio, diferencia a un bibliómano de un bibliófilo. Él, por descontado, se halló siempre en esa segunda categoría, y de ahí que en este documental admita que “sentimentalmente, el libro es insustituible” en su versión impresa frente a la electrónica o la memoria de silicio, que tiende cada vez a ser menos necesaria. Al creer que hemos conquistado una memoria inmensa, la hemos perdido por su inabarcabilidad, concluye, apelando a una imprescindible tarea de filtrado con su habitual lucidez: “Este mundo está sobrecargado de mensajes que no dicen nada”. Pero la literatura es otra cosa.
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