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A criação de condições propícias à aprendizagem compreende a escolha de modos de entrega da instrução, dos recursos ou meios de ensino, do planejamento e da aplicação de estratégias instrucionais adequadas à natureza dos objetivos de ensino. Acerca de recursos e métodos de ensino, julgue os itens a seguir.
Dramatização, exposição oral dialogada, painel integrado, discussão em grupo, modelação comportamental e estudos de caso são exemplos de estratégias de ensino.
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A criação de condições propícias à aprendizagem compreende a escolha de modos de entrega da instrução, dos recursos ou meios de ensino, do planejamento e da aplicação de estratégias instrucionais adequadas à natureza dos objetivos de ensino. Acerca de recursos e métodos de ensino, julgue os itens a seguir.
Materiais impressos, fitas de vídeo, CD-ROMs, televisão, rádio, videoconferência, intranet e Internet são exemplos de meios de ensino utilizados em atividades de treinamento e educação.
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A respeito de avaliação de desempenho, julgue os itens que se seguem.
O efeito de halo é definido como o uso indevido, pelo avaliador, de um ponto da escala de avaliação para mensurar o desempenho de um indivíduo em diferentes dimensões, mesmo que esse indivíduo apresente desempenhos diferentes (melhores e piores) em alguns aspectos avaliados.
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A respeito de avaliação de desempenho, julgue os itens que se seguem.
As medidas objetivas de avaliação de desempenho são válidas e aplicáveis a todos os tipos de trabalhos humanos.
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A respeito de avaliação de desempenho, julgue os itens que se seguem.
Diferenças de desempenho detectadas por intermédio de medidas objetivas são causadas por diferenças individuais observadas nas pessoas avaliadas. Esse tipo de medida de avaliação é imune à contaminação de variáveis externas ao indivíduo avaliado.
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A respeito de avaliação de desempenho, julgue os itens que se seguem.
O uso de medidas objetivas de avaliação de desempenho facilita a comparação do desempenho de diferentes pessoas que realizam a mesma atividade.
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A respeito de avaliação de desempenho, julgue os itens que se seguem.
Número de atrasos, quantidade de faltas ao trabalho, número de artigos publicados em revistas científicas e quantidade de carros vendidos em um mês são exemplos de medidas subjetivas de avaliação de desempenho.
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La leyenda de Prometeo
Según cuenta la leyenda griega, en un comienzo la
Tierra estaba poblada sólo por seres superiores. Zeus, el señor
de todas las cosas, creó entonces al hombre, formándolo de
barro y otorgándole la posición erecta para que pudiera
contemplar el cielo, el sol, la luna y las estrellas. Más tarde, los
dioses ordenaron a Prometeo, uno de los titanes, que
distribuyera las diferentes habilidades y dones destinados a él.
Los primeros hombres no conocían el fuego,
considerado el padre de las artes y de la civilización. Vivían de
caza, la recolección y una agricultura muy primitiva. Su vida
se hacía muy difícil por el frío, el sabor de las carnes crudas y
la dureza de los alimentos no ablandados por la cocción.
Además, como no contaban con el fuego para trabajar los
metales, no podían fabricar armas ni herramientas.
Zeus contemplaba cómo los hombres desarrollaban sus
talentos y, temiendo que alguna vez desafiaran su autoridad, los
privó de los beneficios del fuego, manteniéndolos como niños
inermes (sin defensas).
Sin embargo, Prometeo, en su desmedido amor por los
hombres, decidió ayudarlos. Así, protegido por Atenea, subió
secretamente al Olimpo donde se guardaba el ardiente carro del
Sol. Acercándose sigilosamente, encendió una antorcha; con
ella, prendió un palo y, esperando que las llamas se
transformaran en brasas, las ocultó en una caña hueca. Luego,
descendió hasta las cuevas donde los hombres intentaban
infructuosamente protegerse del frío y les entregó el maravilloso
don.
Gracias a Prometeo, el hombre hizo rápidos progresos:
desde el simple acto de cocinar los alimentos, modelar vasijas
y platos, calentar sus viviendas en el frío invierno, hasta cosas
más complicadas como trabajar los metales para la caza y la
agricultura y utilizar el fuego en la celebración de los sagrados
ritos en los altares.
María Soledad Gonzalez y Teresa Fontaine Cox. Castellano 7, Santiago de Chile, Universitaria, 1995, p.3-4 (con adaptaciones).
En cuanto a su clasificación y a su empleo en el texto de arriba,
los verbos “subió” (l.20) y “encendió” (l.22) se encuentran en la misma persona y tiempo verbal que “hizo” (l.28).
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La leyenda de Prometeo
Según cuenta la leyenda griega, en un comienzo la
Tierra estaba poblada sólo por seres superiores. Zeus, el señor
de todas las cosas, creó entonces al hombre, formándolo de
barro y otorgándole la posición erecta para que pudiera
contemplar el cielo, el sol, la luna y las estrellas. Más tarde, los
dioses ordenaron a Prometeo, uno de los titanes, que
distribuyera las diferentes habilidades y dones destinados a él.
Los primeros hombres no conocían el fuego,
considerado el padre de las artes y de la civilización. Vivían de
caza, la recolección y una agricultura muy primitiva. Su vida
se hacía muy difícil por el frío, el sabor de las carnes crudas y
la dureza de los alimentos no ablandados por la cocción.
Además, como no contaban con el fuego para trabajar los
metales, no podían fabricar armas ni herramientas.
Zeus contemplaba cómo los hombres desarrollaban sus
talentos y, temiendo que alguna vez desafiaran su autoridad, los
privó de los beneficios del fuego, manteniéndolos como niños
inermes (sin defensas).
Sin embargo, Prometeo, en su desmedido amor por los
hombres, decidió ayudarlos. Así, protegido por Atenea, subió
secretamente al Olimpo donde se guardaba el ardiente carro del
Sol. Acercándose sigilosamente, encendió una antorcha; con
ella, prendió un palo y, esperando que las llamas se
transformaran en brasas, las ocultó en una caña hueca. Luego,
descendió hasta las cuevas donde los hombres intentaban
infructuosamente protegerse del frío y les entregó el maravilloso
don.
Gracias a Prometeo, el hombre hizo rápidos progresos:
desde el simple acto de cocinar los alimentos, modelar vasijas
y platos, calentar sus viviendas en el frío invierno, hasta cosas
más complicadas como trabajar los metales para la caza y la
agricultura y utilizar el fuego en la celebración de los sagrados
ritos en los altares.
María Soledad Gonzalez y Teresa Fontaine Cox. Castellano 7, Santiago de Chile, Universitaria, 1995, p.3-4 (con adaptaciones).
En cuanto a su clasificación y a su empleo en el texto de arriba,
la palabra “decidió” (l.20) significa el mismo que dudó.
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La leyenda de Prometeo
Según cuenta la leyenda griega, en un comienzo la
Tierra estaba poblada sólo por seres superiores. Zeus, el señor
de todas las cosas, creó entonces al hombre, formándolo de
barro y otorgándole la posición erecta para que pudiera
contemplar el cielo, el sol, la luna y las estrellas. Más tarde, los
dioses ordenaron a Prometeo, uno de los titanes, que
distribuyera las diferentes habilidades y dones destinados a él.
Los primeros hombres no conocían el fuego,
considerado el padre de las artes y de la civilización. Vivían de
caza, la recolección y una agricultura muy primitiva. Su vida
se hacía muy difícil por el frío, el sabor de las carnes crudas y
la dureza de los alimentos no ablandados por la cocción.
Además, como no contaban con el fuego para trabajar los
metales, no podían fabricar armas ni herramientas.
Zeus contemplaba cómo los hombres desarrollaban sus
talentos y, temiendo que alguna vez desafiaran su autoridad, los
privó de los beneficios del fuego, manteniéndolos como niños
inermes (sin defensas).
Sin embargo, Prometeo, en su desmedido amor por los
hombres, decidió ayudarlos. Así, protegido por Atenea, subió
secretamente al Olimpo donde se guardaba el ardiente carro del
Sol. Acercándose sigilosamente, encendió una antorcha; con
ella, prendió un palo y, esperando que las llamas se
transformaran en brasas, las ocultó en una caña hueca. Luego,
descendió hasta las cuevas donde los hombres intentaban
infructuosamente protegerse del frío y les entregó el maravilloso
don.
Gracias a Prometeo, el hombre hizo rápidos progresos:
desde el simple acto de cocinar los alimentos, modelar vasijas
y platos, calentar sus viviendas en el frío invierno, hasta cosas
más complicadas como trabajar los metales para la caza y la
agricultura y utilizar el fuego en la celebración de los sagrados
ritos en los altares.
María Soledad Gonzalez y Teresa Fontaine Cox. Castellano 7, Santiago de Chile, Universitaria, 1995, p.3-4 (con adaptaciones).
En cuanto a su clasificación y a su empleo en el texto de arriba,
la partícula “los” (l.16) se refiere a “niños” (l.17).
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