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Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.
Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.
Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.
Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).
Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.
El elemento “ellas” se refiere a “meditaciones serias” y a “graves preocupaciones” (R.18-19).
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Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.
Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.
Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.
Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).
Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.
La expresión “a menudo” significa lo mismo que en pequeñas proporciones.
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Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.
Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.
Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.
Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).
Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.
En el término “serlo” el pronombre se refiere a “alegre”.
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Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.
Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.
Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.
Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).
Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.
La oración “porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma” aporta un argumento que sustenta la afirmación realizada por la oración anterior.
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TEXTO
Hobbes y la mina San José
Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.
Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.
AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010
Apunta lo que se dice correcto sobre las siguientes formas verbales en el imperativo presente.
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TEXTO
Hobbes y la mina San José
Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.
Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.
AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010
En la frase “La cena estaba exquisita”, la palabra exquisita significa en portugués “saborosa”. Por lo tanto, se trata de un heterosemántico. Apunta la otra palabra con la misma divergencia léxica.
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Hobbes y la mina San José
Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.
Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.
AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010
En …sino celebrar que en tan corto tiempo… la partícula “que” tiene función de
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Hobbes y la mina San José
Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.
Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.
AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010
En … San José durante aquellos cinco días… la forma singular del demostrativo “aquellos” es
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Hobbes y la mina San José
Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.
Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.
AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010
Apunta la opción que contiene la respuesta correcta para la pregunta: ¿Le mandaste eso a tu novia?
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