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A tabela 'antinutricional' de legumes e verduras que vale a pena conhecer

Fazer bem as compras domésticas tem seus segredos, e entre os mais importantes está o de saber ler o rótulo nutricional dos produtos. Quanta gordura tem este queijo? Aquele tomate refogado leva muito açúcar? Quantas vitaminas há nos iogurtes? Mas a maioria dos compostos químicos presentes nos alimentos não aparece na lista, embora alguns influenciem diretamente a qualidade nutricional do que levamos para casa. Não há um “rótulo antinutricional”, mas os antinutrientes existem, e esses compostos químicos dificultam que o organismo assimile os nutrientes da dieta. Eles estão nas frutas e hortaliças em geral, nos cereais de grão integral (os que são realmente integrais), nos ovos, nas sementes, no cacau puro e até o chá preto – nos dois últimos, na forma de taninos.

A maioria dos antinutrientes é o resultado de uma guerra silenciosa que as plantas travam contra o mundo. São parte das dezenas de milhares de compostos que esses seres vivos desenvolveram, aparentemente apenas para se defenderem dos seus inimigos naturais, que só querem saber de comê-los. “São fitoquímicos, substâncias que exercem funções de proteção da planta contra fatores ambientais externos”, explica Iva Marques, professora da Universidade de Zaragoza.

Nossa comida tem diversas formas de sabotar sua própria qualidade nutricional. A avidina da clara do ovo e o niacina do milho se unem a outras substâncias dos alimentos com um resultado indesejável: inativam as vitaminas; os bociogênicos presentes em muitas frutas e hortaliças bloqueiam o iodo, que faz parte da estrutura da tiroide; os ácidos oxálico e fítico, presentes em alimentos como os espinafres, a beterraba e a acelgas, se juntam no intestino a minerais como o ferro, o zinco e o cálcio e impedem sua absorção. Também há antinutrientes que inibem as proteases e as amilases, que são enzimas que catalisam as reações necessárias para digerir as proteínas e os carboidratos. As enzimas aceleram processos bioquímicos necessários para a digestão e, se desaparecessem, esse processos seriam tão lentos que se tornariam ineficazes.

(Extraído e adaptado de: https://brasil.elpais.com/brasil/2019/ 10/03/ciencia/1570102074_391394.html)

No segundo parágrafo, a primeira frase estabelece com a segunda uma relação que pode ser sintetizada pelo seguinte par de palavras:

 

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433474 Ano: 2019
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: SELECON
Orgão: Pref. Cuiabá-MT
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

"Píos deseos al empezar el año." (L.88) Lo destacado, en el texto, significa:

 

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433473 Ano: 2019
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

"Así que lleva razón Ródenas: (...) (L.86) Las partículas destacadas introducen una construcción:

 

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433472 Ano: 2019
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

“(…); Cervantes, en cambio, observa a los humanos desde abajo, con una humildad militante, ...” (L.75) Lo destacado en el texto es una locución:

 

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433471 Ano: 2019
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

"(...), yo no tengo ninguna duda de que sin admirar a los buenos no hay forma de emularlos..." (L.61) El verbo destacado, en el texto, significa:

 

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433470 Ano: 2019
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

''(…) no es que no haya que admirar nada, sino que no hay que admirar nada de lo que la mayoría admira..." (L.41). Lo destacado en el texto se trata de una conjunción:

 

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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

"... se volvió superfluo..." (L.21) Lo destacado es un verbo:

 

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433468 Ano: 2019
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: SELECON
Orgão: Pref. Cuiabá-MT
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

"(…), pese a las críticas que puedan hacerse a la universidad española …" (L.11) Lo destacado, en el texto, es una locución preposicional de sentido:

 

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433467 Ano: 2019
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: SELECON
Orgão: Pref. Cuiabá-MT
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La admiración por la admiración

Javier Cercas 30 DIC 2017

Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de

vuelta de todo, por quien desprecia todo, incluido lo

bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo

En nuestra vida intelectual parece de buen tono

5 abominar de la universidad, pero cada vez que

alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que

Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la

entrada correspondiente de su Diccionario de

lugares comunes: “Denigrarla, pero tratar de

10 ingresar en ella si se puede”. Este fariseísmo prueba

que, pese a las críticas que puedan hacerse a la

universidad española (muy justas la mayoría), en

ella todavía trabajan algunas de las personas más

valiosas de este país.

15 pensé lo anterior durante un acto académico

celebrado no hace mucho en la Universidad

Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una

oposición a cátedra, pero, como el candidato era

Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido

20ser catedrático hace 20 años, el debate sobre sus

méritos se volvió superfluo y por momentos derivó

hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el

defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la

tarea fundamental de un profesor consiste en

25 implantar en sus alumnos la admiración por el

talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de

la admiración como secreto de la felicidad, y citó un

ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la

mirada, donde el filósofo argumenta que la

30 admiración es “el sentimiento de alegría que brota a

la vista de alguna excelencia moral ajena”, y que

esta “simpatía con el excelente” provoca el deseo de

imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores

posibilidades humanas, porque a través de ella

35“cada cual vislumbra y quiere su mejor yo”. En

cuanto a Horacio, es cierto que los dos primeros

versos de la Epístola VI rezan: “No admirar casi

nada es, oh Numicio, / lo que hacernos dichosos

siempre puede”; pero también es cierto que lo que

40 en ese poema dice Horacio en realidad no es que no

haya que admirar nada, sino que no hay que admirar

nada de lo que la mayoría admira, salvo la virtud.

Por lo demás, el “nihil admirari” horaciano se

inscribe en una tradición que se remonta al menos

45 hasta Cicerón, que en las Tusculanas (3, 30) declara

que un sabio es quien está preparado para todo, de

tal modo que nada le sorprende, pensamiento que

ilustra con una célebre anécdota de Anaxágoras

según la cual éste declaró, imperturbable, al recibir

50la noticia de la muerte de su hijo: “Sabía que había

engendrado a un mortal”. Se objetará que el sentido

del “admirari” de Cicerón es distinto del de Horacio y

que en éste equivale a admiración y en aquel más

bien a sorpresa; la objeción es endeble, porque no

55veo cómo puede haber admiración sin sorpresa.

También se objetará que la anécdota de Anaxágoras

es ridícula; nada que objetar a esta objeción: por eso

Cioran se burla del “nihil admirari” de Cicerón

llamándolo “estoicismo de feria”. Sea como sea, yo

60 no tengo ninguna duda de que sin admirar a los

buenos no hay forma de emularlos, y de que sin

emular a los buenos estamos condenados a ser de

los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que

cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra

65 escasa admiración por la admiración y nuestra

mucha admiración por quien está de vuelta de todo,

casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como

por quien desprecia o parece despreciarlo todo,

incluido lo bueno, y no por quien es capaz de

70 reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el

abismo que separa a Cervantes de Quevedo:

Quevedo observa a los humanos desde arriba, con

una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de

todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los

75 mejores; Cervantes, en cambio, observa a los

humanos desde abajo, con una humildad militante, y,

aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá

porque es capaz de ver lo mejor incluso en los

peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo

80– el barroquismo y la picaresca – y no Cervantes

– la novela moderna –, y por eso la literatura

española es demasiado a menudo una literatura de

señoritos (una literatura de primero de la clase, decía

Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser

85 una literatura.

Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la

admiración en la universidad; pero luego hay que

implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar

el año.

https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html

“Sorprende nuestro entusiasmo por quien está de vuelta de todo, ...” (L.1 / 2) El autor, con la locución verbal destacada en el texto, nos da entender que sentimos admiración por quien:

 

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Considere as 3 proposições abaixo:

  1. 2+7=9 e 4+8=12
  2. 3 ≠ 3 ou 5 ≠ 5
  3. Se !$ \sqrt{3} !$ > 1 então !$ \sqrt{2} !$ é um número irracional

O número de proposições que possui o valor lógico verdade é igual a:

 

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