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Dolor de espalda

El dolor o molestia en la espalda es un problema de salud muy frecuente que generalmente padecen las personas mayores y que puede aparecer y desaparecer durante un periodo de varios años. En la mayoría de los casos, la causa del dolor de espalda no es grave y el dolor desaparecerá con un simple tratamiento en casa y con el paso del tiempo.

Las personas que padecen dolor de espalda lo describen con frecuencia como una sensación lenta y continua o aguda y punzante que causa rigidez y dificultad al estar quieto o al moverse o dolor u hormigueo en las nalgas y en las piernas hasta las rodillas.

Un ataque agudo de dolor de espalda es un ataque que dura menos de seis semanas, mientras que los ataques crónicos duran generalmente más de tres meses.

La mayoría de los dolores de espalda está relacionada con la tensión o la torcedura de un músculo o ligamento. Los dolores de espalda que afectan a los nervios de la espina dorsal, produciendo dolor en las nalgas y en las piernas pasando por la rodilla, son menos frecuentes. El dolor puede empezar inmediatamente después del esfuerzo o lesión o puede empezar al cabo de unas horas. Un porcentaje muy bajo del dolor de espalda está relacionado con la edad.

Cuidados en el dolor de espalda

Si padece dolor de espalda durante más de dos semanas, consulte a un médico para que le examine y para asegurarse de que el dolor no lo causa un problema de salud excepcional. La gran mayoría de los casos de dolor de espalda se curan por si mismos con la ayuda de algunos cuidados en casa. Puede intentar las siguientes medidas caseras para reducir el dolor y estimular la curación:

Descanse durante veinticuatro horas una vez haya empezado el dolor para evitar cualquier otra lesión.

Duerma en un colchón duro con una tabla debajo.

Acuéstese sobre un lado con una almohada entre las piernas para evitar que las caderas tengan un movimiento rotatorio y aumente la presión en la espalda o acuéstese sobre la espalda, con una toalla enrollada bajo la nuca y almohadas bajo las rodillas.

Levántese de la cama lentamente y con cuidado, primero sentándose y luego poniéndose de pie. Aplique hielo o compresas frías durante veinte minutos cada dos horas durante las primeras veinticuatro a cuarenta y ocho horas para reducir el dolor y los espasmos musculares.

Internet: <www.tuotromedico.com> (adaptado).

Con respecto a las ideas y estructuras semánticas y gramaticales del texto, juzgue lo siguiente ítem.

No hay una relación directamente proporcional entre el dolor de espalda y la vejez, es decir, el aumento de la edad no provoca más dolor de espalda.

 

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Dolor de espalda

El dolor o molestia en la espalda es un problema de salud muy frecuente que generalmente padecen las personas mayores y que puede aparecer y desaparecer durante un periodo de varios años. En la mayoría de los casos, la causa del dolor de espalda no es grave y el dolor desaparecerá con un simple tratamiento en casa y con el paso del tiempo.

Las personas que padecen dolor de espalda lo describen con frecuencia como una sensación lenta y continua o aguda y punzante que causa rigidez y dificultad al estar quieto o al moverse o dolor u hormigueo en las nalgas y en las piernas hasta las rodillas.

Un ataque agudo de dolor de espalda es un ataque que dura menos de seis semanas, mientras que los ataques crónicos duran generalmente más de tres meses.

La mayoría de los dolores de espalda está relacionada con la tensión o la torcedura de un músculo o ligamento. Los dolores de espalda que afectan a los nervios de la espina dorsal, produciendo dolor en las nalgas y en las piernas pasando por la rodilla, son menos frecuentes. El dolor puede empezar inmediatamente después del esfuerzo o lesión o puede empezar al cabo de unas horas. Un porcentaje muy bajo del dolor de espalda está relacionado con la edad.

Cuidados en el dolor de espalda

Si padece dolor de espalda durante más de dos semanas, consulte a un médico para que le examine y para asegurarse de que el dolor no lo causa un problema de salud excepcional. La gran mayoría de los casos de dolor de espalda se curan por si mismos con la ayuda de algunos cuidados en casa. Puede intentar las siguientes medidas caseras para reducir el dolor y estimular la curación:

Descanse durante veinticuatro horas una vez haya empezado el dolor para evitar cualquier otra lesión.

Duerma en un colchón duro con una tabla debajo.

Acuéstese sobre un lado con una almohada entre las piernas para evitar que las caderas tengan un movimiento rotatorio y aumente la presión en la espalda o acuéstese sobre la espalda, con una toalla enrollada bajo la nuca y almohadas bajo las rodillas.

Levántese de la cama lentamente y con cuidado, primero sentándose y luego poniéndose de pie. Aplique hielo o compresas frías durante veinte minutos cada dos horas durante las primeras veinticuatro a cuarenta y ocho horas para reducir el dolor y los espasmos musculares.

Internet: <www.tuotromedico.com> (adaptado).

Con respecto a las ideas y estructuras semánticas y gramaticales del texto, juzgue lo siguiente ítem.

Es correcto inferir que la gran mayoría de los ataques de dolor de espalda no son ataques crónicos.

 

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Dolor de espalda

El dolor o molestia en la espalda es un problema de salud muy frecuente que generalmente padecen las personas mayores y que puede aparecer y desaparecer durante un periodo de varios años. En la mayoría de los casos, la causa del dolor de espalda no es grave y el dolor desaparecerá con un simple tratamiento en casa y con el paso del tiempo.

Las personas que padecen dolor de espalda lo describen con frecuencia como una sensación lenta y continua o aguda y punzante que causa rigidez y dificultad al estar quieto o al moverse o dolor u hormigueo en las nalgas y en las piernas hasta las rodillas.

Un ataque agudo de dolor de espalda es un ataque que dura menos de seis semanas, mientras que los ataques crónicos duran generalmente más de tres meses.

La mayoría de los dolores de espalda está relacionada con la tensión o la torcedura de un músculo o ligamento. Los dolores de espalda que afectan a los nervios de la espina dorsal, produciendo dolor en las nalgas y en las piernas pasando por la rodilla, son menos frecuentes. El dolor puede empezar inmediatamente después del esfuerzo o lesión o puede empezar al cabo de unas horas. Un porcentaje muy bajo del dolor de espalda está relacionado con la edad.

Cuidados en el dolor de espalda

Si padece dolor de espalda durante más de dos semanas, consulte a un médico para que le examine y para asegurarse de que el dolor no lo causa un problema de salud excepcional. La gran mayoría de los casos de dolor de espalda se curan por si mismos con la ayuda de algunos cuidados en casa. Puede intentar las siguientes medidas caseras para reducir el dolor y estimular la curación:

Descanse durante veinticuatro horas una vez haya empezado el dolor para evitar cualquier otra lesión.

Duerma en un colchón duro con una tabla debajo.

Acuéstese sobre un lado con una almohada entre las piernas para evitar que las caderas tengan un movimiento rotatorio y aumente la presión en la espalda o acuéstese sobre la espalda, con una toalla enrollada bajo la nuca y almohadas bajo las rodillas.

Levántese de la cama lentamente y con cuidado, primero sentándose y luego poniéndose de pie. Aplique hielo o compresas frías durante veinte minutos cada dos horas durante las primeras veinticuatro a cuarenta y ocho horas para reducir el dolor y los espasmos musculares.

Internet: <www.tuotromedico.com> (adaptado).

Con respecto a las ideas y estructuras semánticas y gramaticales del texto, juzgue lo siguiente ítem.

Echarse lateralmente con un pequeño colchón entre ambas piernas reduce el dolor de espalda.

 

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601418 Ano: 2012
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UFMT
Orgão: IF-MT
Lea las dos primeras estrofas de la música Rabiosa de Shakira.
Yo tengo pila y loco haciendo cola
Tengo a palomo metío en lío
Y yo te quiero atracao ahí, ratatá
Que yo quiero a quinientos y perdío
Mentiras son dividí contigo
Porque esa vuelta no es pa’mí
Que yo quiero amarrao aquí
(Disponible en: <http://www.letrasmania.com/letras/letras_de_canciones_shakira_294_
letras_sale_ el_sol_113003_letras_rabiosa_1100890.html>. Acceso en: 10 feb. 2012.)
Las palabras subrayadas en el texto tienen originalmente la siguiente grafía: metido, atracado, perdido y amarrado, respectivamente.
Sobre la omisión de la consonante d en la grafía de esas palabras en la letra de la canción, analice las afirmativas.
I - Se trata de un fenómeno de supresión del fonema [d] intervocálico, original de la variante andaluza y extendido hacia otras variantes.
II - En zonas catalanas hay una tendencia a realizar el mismo fonema [d] como [t].
III - En Salamanca, Valladolid y pueblos de la baja Madrid, la pronunciación de este fonema se realiza como !$ [\theta] !$ en lugar de [d].
IV - Es un fenómeno de origen fonético trasladado a la ortografía.
Está correcto lo que se afirma en
 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Considerando los aspectos semánticos y gramaticales del texto, juzgue lo ítem subsiguiente.

El sentido del texto quedaría modificado si le cambiáramos la expresión “la inquina” por la acusación.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Considerando los aspectos semánticos y gramaticales del texto, juzgue lo ítem subsiguiente.

El sentido del texto sería preservado si le cambiáramos el trecho “La temeridad le costó cara” por El atrevimiento le costó caro.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Juzgue lo próximo ítem de acuerdo con las ideas del texto.

Los estudios que Betancourt ha decidido realizar en Oxford son básicamente fruto del tedio que ella ha sentido en los últimos años.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

Juzgue lo próximo ítem de acuerdo con las ideas del texto.

El desmoronamiento de la vida pública de Betancourt se produjo tras solicitar una indemnización al Estado colombiano.

 

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Dios para después de un secuestro

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

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La línea argumentativa del texto está basada en una acérrima crítica a lo que califica como “torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros”.

 

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El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y productores de campanillas quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo — “era una cantidad simbólica” —, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia.

Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautividad, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No Hay Silencio que no Termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o Estados Unidos, porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios.

La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida.

Internet: <www.elpais.com> (adaptado).

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En la “Colombia de los últimos cuatro decenios” a nadie le importan los secuestros y torturas.

 

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