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CAMBIOS DE LA NATURALEZA

El deshielo ártico se ha acelerado en las últimas décadas y podría causar un alud de cambios climáticos en las regiones templadas del planeta, advirtió hoy un estudio divulgado por la revista “Science”.

El informe de esa investigación es uno de una serie publicada por la revista en la que se advierte de la existencia de cuatro glaciares antárticos, cuyo deshielo amenaza con aumentar el nivel marino.

Ese deshielo, según señala otro estudio, es consecuencia de la contaminación que ha aumentado en las latitudes altas del planeta.

La serie coincide con una reunión científica en el estado de New Hampshire para las consecuencias del cambio climático en todo el planeta.

Según Mark Serreze, científico del cambio del centro nacional de datos sobre la nieve y el hielo en la Universidad de Colorado, la desaparición del hielo en los mares árticos ha sido negativa a un momento “crítico”, cuyo impacto “no se limitará a la región ártica”.

De acuerdo con su informe, la acumulación de hielo en los mares árticos ha sido negativa en todos los meses desde 1979, cuando se comenzaron a utilizar satélites para su observación. Añadió que desde ese año se ha perdido una media anual de unos 100.000 kilómetros cuadrados de hielo como resultado del aumento en las concentraciones de gases invernadero.

“Mientras en el ártico pierde mucho hielo en los meses del verano, parece que también que generando menos hielo en el invierno”, manifestó el científico.

Y cuando el hielo llega a un estado vulnerable, la situación se desquicia a tal punto que es posible que estemos avanzando rápidamente hacia una situación en que en un momento no haya hielo en el Ártico.

(EFE Estudios, 15-03-2007;12H19)

Es verdadero afirmar que:

 

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LA EDUCACIÓN DE LOS MAYORES

Como todas las mañanas, me he dispuesto a ir a trabajar y les cuento la odisea que he vivido a las siete horas en la estación de Mar de Cristal. Estábamos todos esperando el metro y, cuando voy a entrar, viene una señora de unos 50 años o más, como un pivot de baloncesto al rebote, con el codo por delante, y no me puedo sentar, porque me han hecho personal.

Entro en el tren y voy a bajarme en Atocha. Otro empujón, esta vez al bajar del tren, que casi me tira y siguen los empujones fuera. Miro hacia atrás, y veo otro señor bastante mayor con el codo. Lo malo es que esto ya es habitual en las personas mayores. Piden respeto, pero en los trasportes públicos una buena parte de ellos empuja, grita, se cuela... Casi siempre son personas de 50 años en adelante. Por favor, tengan en cuenta a los demás. Aunque no seamos mayores, ¿acaso no nos cansamos o no nos duelen los golpes? ¿Cómo pueden estas personas exigir respeto cuando ellos no lo tienen?

Y encima, ellos pagan tres veces menos de abono que yo y van a toda la comunidad. Piensen que ustedes deben de dar ejemplo a los jóvenes de educación.

(www.el mundo.es, blogs, el catalejo, visto en la red. Adaptado.)

Lo subrayado en la expressión “(...) Aunque no seamos mayores (...)” , corresponde a un(a):

 

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2917936 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

La política de control de la Unión Europea provoca reacciones negativas en países que no pertenecen a ella.
 

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2917935 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

El autor del texto es un europeo.
 

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2917934 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

El sistema posmoderno apostó por un cambio de estrategia en relación a la conciencia de la vulnerabilidad mutua.
 

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2917933 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

El sistema de poder europeo actual suprime la soberanía nacional.
 

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2917932 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

El sujeto del verbo "fue" es "un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial".
 

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2917931 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

La llamada Guerra Fría suponía una variante simplificada del sistema de equilibrio.
 

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2917930 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

A partir de 1871 no hubo más guerras debido a la imposibilidad de financiarlas.
 

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2917929 Ano: 2007
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: TCU

El orden internacional

En 1989, el equilibrio de poder y el modelo imperial, característicos de los últimos tres siglos, llegaron a su fin en Europa. Ese año no sólo marcó el fin de la Guerra Fría, sino también, y más significativamente, el final del sistema europeo de estados cuyo origen se remonta a la Guerra de los Treinta Años. El 11 de Septiembre nos reveló una de las implicaciones de este cambio.

Para entender el presente, necesitamos comprender previamente el pasado, ya que éste sigue todavía con nosotros. Generalmente, el orden internacional estaba basado en la hegemonía o en el equilibrio. El sistema hegemónico surgió en primer lugar; en el mundo antiguo, orden significaba imperio. Dentro de éste se disfrutaba del orden, la cultura y la civilización. Fuera de él, se encontraban los bárbaros, el caos y el desorden. La idea de la paz y del orden a través de un único centro de poder hegemónico ha permanecido con fuerza desde entonces. Los imperios, sin embargo, no están concebidos para promover el cambio. Mantener el imperio unido - cuando la esencia de éste reside en su diversidad - normalmente requiere un estilo político autoritario; los cambios, especialmente en la sociedad y en la política, conducirían a la inestabilidad. Históricamente, los imperios han sido generalmente estáticos.

En Europa, se encontró un camino intermedio entre el caos y el imperio, lo que se llamó el pequeño estado. Éste logró establecer la soberanía pero, solamente, dentro de una jurisdicción geográficamente limitada. De esta forma, se consiguió el orden en el interior del estado al precio de la anarquía internacional. La competición entre los pequeños estados de Europa constituyó una fuente de progreso pero, al mismo tiempo, el sistema estaba constantemente amenazado; por un lado, por la vuelta al caos y por el otro, por la hegemonía de una única potencia. La solución a todo esto la ofreció el equilibrio de poder, un sistema de alianzas que se contrapesaban y que pasó a ser visto como la condición para la libertad en Europa. Las coaliciones fueron exitosamente dispuestas con el fin de combatir las ambiciones hegemónicas: primero de España, después de Francia, y finalmente de Alemania.

Pero el sistema de equilibrio de poder también poseía una inestabilidad inherente, el riesgo constante de la guerra, y fue probablemente esto lo que causó su colapso. La unificación de Alemania en 1871 creó un estado demasiado poderoso para poder ser contrapesado por cualquier alianza europea; los cambios tecnológicos elevaron el coste de la guerra a niveles insoportables y el desarrollo de la sociedad de masas y de la política democrática hicieron inviable el cálculo amoral necesario para que el sistema de equilibrio de poder funcione. Sin embargo, en ausencia de cualquier otra alternativa, éste persistió, y lo que emergió en 1945 no fue tanto un nuevo sistema sino más bien la culminación del viejo. El antiguo equilibrio de poder multilateral en Europa se convirtió en un equilibrio de terror bilateral a nivel mundial; la simplificación última del sistema de equilibrio de poder. Pero no fue construido para perdurar en el tiempo. El equilibrio de poder nunca consiguió adaptarse al espíritu más universalista y moralista de finales del siglo XX.

El sistema posmoderno en que vivimos nosotros, los europeos, no se fundamenta en el concepto de equilibrio, ni enfatiza la soberanía o la distinción entre los asuntos nacionales y los internacionales. La Unión Europea se ha convertido en un sistema altamente desarrollado de interferencia mutua en los asuntos internos de cada estado, incluso en lo que se refiere a cerveza y salchichas. El Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (CFE en sus siglas en inglés), según el cual las partes firmantes deben notificar la localización de sus armas pesadas y permitir inspecciones, sitúa ciertas áreas muy cercanas al núcleo duro de la soberanía nacional de cada país bajo constreñimientos internacionales. Es importante reconocer la significativa revolución que esto constituye. Además, evidencia la paradoja de la era nuclear en la que para defenderse, uno tenía que estar preparado para destruirse a sí mismo. El interés común de los países europeos para evitar una catástrofe nuclear ha demostrado ser capaz de superar la habitual lógica estratégica de desconfianza y ocultación. La vulnerabilidad mutua se ha convertido en transparencia mutua.

Robert Cooper. Internet: <www.relacionesinternacionales.info> (con modificaciones).

De acuerdo con el texto de arriba, juzgue lo ítem siguiente.

La unificación alemana supuso la reimplantación del sistema hegemónico en toda Europa.
 

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